caso clínico real de mobbing

La Lic. María Laura Ortiz nos conduce por el relato de una paciente que sufrió un caso real de Mobbing en el trabajo.

“Hoy revise una billetera vieja y encontré un papelito rosa. Estaba escrito con letra desprolija y mezclaba la imprenta con la cursiva. Decía: ‘HASTA MAÑANA. Un beso. Mario’.

Eso no hizo más que hacerme pensar en lo cerca que Dios me puso de cumplir mi sueño, en todo lo que puedo hacer para que sea un verdadero sueño cumplido. No quiero llenarme más la cabeza con cosas que lo nublen. No quiero pensar en nadie más que en mi marido y yo paseando por esas calles. No quiero pensar en nada que no sea en el futuro con él.

Cancún, Tulum, New York, Washington, New Jersey, Boston, Búfalo… Todo tiene que ser una fantasía que se hace realidad en estos días… Todo tiene que ser perfecto para los dos. No puede existir nada que no sea nuestra pareja y unas hermosas vacaciones compartidas.

No existe ningún Mario, Esteban, Javier, Gonzalo, Marta… Muchos ya no están en mi vida, pero aún así todos van a desaparecer por fin. Durante más de 20 días, la vida los va a dejar en una dimensión desconocida… Algunos ni siquiera existirán al volver, y otros no deberían existir tampoco pero seguirán estando por causas de fuerza mayor.

Me encantaría escribirles y decirles: ‘¡HASTA LUEGO A TODOS! ¡HASTA NUNCA A ALGUNOS!'”

Laura venía a su última sesión antes de comenzar las vacaciones, tenía el entusiasmo propio de quien va a viajar por placer y, sin embargo, recordaba  como centro una historia de dolor, la historia que la había traído a terapia.

Laura tenía 32 años cuando llegó a terapia. No era su primer intento con un psicólogo pero, según decía, nunca lo había tomado con seriedad. Venía en ese momento porque su situación era “desesperante” de acuerdo a su propia definición. Había pedido turno con urgencia e informó que aceptaría cualquier día y horario disponible para la primera sesión.

Cuando se sentó frente a mí, avasallante de palabras y colmada de un llanto contenido, me di cuenta que podíamos focalizar su conflicto pero esto sería sólo un comienzo.

Mientras las lágrimas recorrían su cara sin cortar su discurso y sin soltar el paquete de pañuelos descartables, comenzó a contarme sus razones paratener razón. Laura había concluido dos carreras universitarias con honores,graduándose en las más prestigiosas instituciones y, si bien siempre había trabajado,decidió que al recibirse debía dar un “salto” e ingresar a una gran compañía.Después de un largo y exhaustivo proceso de selección comenzó a trabajar parauna importante multinacional y estaba orgullosa de su ingreso – según contaríadespués – pero lo que no sabía es qué tanto implicaba este “gran salto”.

Se desempeñaba en el área de Servicios Corporativos y compartía la oficina con tres chicas menores que ella y dos hombres de unos cuarenta y pico. Sintió de inmediato simpatía por Luciana y por Nadia, pero Eugenia, “por esas cosas de la intuición” le pareció poco confiable. Con los hombres, según resumió, fue distinto porque Esteban era su jefe directo y Mario, quien también reportaba a Esteban, creía que era el jefe y Laura lo notó de inmediato. Algo no fue claro desde el principio en los límites de esa oficina y muy pronto Laura sabría que tampoco lo era fuera de ella.

“El mobbing es un trato hostil o vejatorio al que es sometida una persona en el ámbito laboral de forma sistemática, que le provoca problemas psicológicos y profesionales.”

Sus primeros tres meses en el área estuvieron colmados de felicitaciones por las mejoras e innovaciones que la nueva empleada implementaba; los gerentes de diversos sectores se encargaban de darle la bienvenida y agradecerle sus contribuciones. Y, sin embargo, Laura volvía todos los días a su casa con terro.

Revisaba el buzón del edificio, buscaba el telegrama de despido, suspiraba aún agitada al no encontrarlo y repetía para sí, confusa, las últimas palabras que había escuchado al dejar la oficina. Mario decía: “Buscá el telegrama, te lo mandé hace un rato”.

A veces se bañaba llorando, para que su esposo no pudiese verla, y trataba de simular que todo estaba bien para encarar el día siguiente. Y cada día siguiente se iba repitiendo el mismo patrón.

caso real de mobbing en el trabajo - el jefe

Mario era un hombre casado, con dos hijos, no era profesional y había ingresado a la empresa por sus contactos con algunos directivos. Trabajaba allí desde hacía muchos años, incluso antes que Esteban fuese el jefe del área. Gozaba de todos los derechos y privilegios con los que se deleitan los impunes ya que, según era común escuchar en los pasillos de la compañía: “lo bancaba la gerenta”. Laura no era capaz siquiera de tolerar la palabra “gerenta” porque ella era meticulosa, formal, protocolar y educada… “Demasiado educada”, le diría un día Esteban.

En algún momento, que Laura no pudo definir exactamente cuál fue, Mario empezó a convertirse en mucho más que la broma pesada del telegrama. Le ordenaba tareas que no le correspondían, le indicaba cómo manejarse para ser bien vista por los gerentes, le hablaba sobre su vida personal más allá del límite de lo social, conversaba en un lenguaje poco apropiado para un caballero, le gritaba delante de los integrantes del equipo y la amenazaba constantemente con despedirla con sólo mover un dedo. Por momentos a ella le parecía que la odiaba y por momentos no entendía sus muestras de afecto o algunas palabras demasiado cariñosas.

Javier era uno de los jefes más respetados por los empleados de la empresa, pertenecía al sector de Finanzas pero era referente de muchos de los que conformaban el plantel general. Laura lo admiró desde el comienzo, por ser un profesional de posgrado y por ser una persona cuyo sector funcionaba a la perfección y sin generar conflictos. Evidentemente, él era un buen líder a seguir, y así, sin más que con su intuición inocente y su intención de creer, Laura lo eligió como una especie de tutor. En ocasiones ella le contaba algunas de las situaciones que se planteaban en su oficina mientras compartían el almuerzo, y él la tranquilizaba diciéndole que su trabajo era excelente por lo que no tenía de qué preocuparse.

Estos almuerzos compartidos con Javier y otros jefes también molestaron a Mario, quien se lo hizo saber a Laura en forma inmediata y con amenazas. Le explicó que a la “gerenta” no le gustaba que la gente almorzara con alguien de otra oficina, por lo que lo que estaba haciendo estaba muy mal visto por los superiores. “Si es por mí, yo te echo mañana mismo”.

La profesional brillante que había salido de la facultad con todo el honor tenía ahora una nula capacidad de respuesta. Ya no sabía en quién confiar, dudaba de todo aquel que quisiera hablar con ella y no paraba de preguntarse si tal o cual cosa estarían bien o mal vistas.

Una mañana en la que llegó muy temprano a la oficina, Laura chequeó mails, se sirvió un café bien caliente y se dispuso a revisar unas carpetas que tenía pendientes. Entró a la oficina un señor mayor, asistente del área contable y muy amigo de Mario, y comenzó una conversación superficial, hasta un poco incoherente, a la que ella respondió con la simpleza necesaria para ponerle fin. En un segundo, un segundo en la vida de cualquiera y una eternidad en la vida de ella, Laura vio como el hombre la tomaba de los brazos, la incorporaba de su escritorio y la besaba en la boca. Se desplomó sobre su silla y él salió de la oficina.

El día fue confuso, desordenado y ridículo. Laura envió dos mensajes con el mismo texto: “Me acaban de dar un beso en la boca”. Uno fue dirigido a su marido, el otro a su padre. Ambos se escandalizaron por la situación y la idea de la renuncia fue unánime. “Sos la flor del fango”, dijo su padre. Ella lo pensó. Lo meditó todo el día. En el almuerzo le comentó a Javier que tenía pensado renunciar y le explicó la situación. Él le recomendó hablar con la “gerenta” antes de hacerlo y contarle las causas de la decisión. Así lo hizo.

La gerente del sector era una mujer madura y no muy sociable con el grupo de empleados. Estaba casi siempre encerrada en su oficina y, sin embargo, sabía todo lo que sucedía… O la versión que algunos le alcanzaban de los sucesos. Ese día, como Laura no había hablado con nadie más que con Javier, no tenía versión de los hechos. Laura se sentó frente a ella segura de sí misma y nunca tan convencida de sus valores y de su integridad. Contó su versión y la pregunta que escuchó al finalizar la sorprendió: “Vos, ¿cómo estabas vestida?”. “Pasó hoy. Estaba vestida así como estoy ahora”.

¿Te gustan los casos clínicos reales?
Este artículo es sobre el caso de una paciente con ataques pánico.

Nada pasó con el empleado más allá de unas disculpas que fue obligado a dar y a Laura la ascendieron a Supervisora, pero el mundo de esta chica ya había dado un giro en el que empezaba a no diferenciar entre lo que estaba bien y lo que estaba mal. Ya no entendía las consecuencias de lo que hacía pero tampoco de aquello que dejaba de hacer. Llegaba a su casa cada vez más angustiada, sentía menos ganas de levantarse cada mañana para enfrentar a la gente. Había perdido las ganas de salir a disfrutar. Se había cortado el cabello de forma extraña y sabiendo que no le quedaba bien. Estaba flaca y su rostro era de cansancio absoluto. En ese momento comenzó una de las tantas terapias que luego abandonaría.

El cuerpo pasa las facturas correspondientes y Laura se enfermó. Estuvo casi una semana en reposo y trabajó desde su casa para no perder el ritmo. Y no lo perdió. Mario le mandó mails, la llamó por teléfono, hizo que Eugenia la llamara varias veces al día con la excusa de preguntarle sobre motivos de trabajo, sobre su estado de salud y sobre la fecha de regreso.

Según un informe de la Oficina de Asesoramiento sobre Violencia Laboral (OAVI), bajo la órbita del Ministerio de Trabajo, se sigue que un 63% del total de las denuncias por mobbing o acoso laboral son realizadas por personas de entre 26 y 45 años.

– La Nación

Uno de esos días Mario llamó y le dijo que debía comentarle un problema. Él quería comprar un celular pero no tenía todo el dinero, por lo que necesitaba saber si Laura le podía prestar lo que le faltaba y así tener su nuevo aparato. Ella dijo que sí, porque ya no tenía límite y porque ya no tenía resto. Él pasó ese día a buscar el dinero por la casa de Laura y nunca lo devolvió.

Laura recuerda ya no contar cosas a nadie. No hablaba del tema siquiera con su esposo. Sólo se limitaba a decir que un día ella se iba a ir y que no iba a dejar que Mario la despida. Seguía almorzando con Javier y con otros jefes, pero hablaba de temas triviales y jamás volvió a tener su sonrisa.

A Mario, evidentemente, los almuerzos le siguieron molestando, así que un día le pidió a Laura tener una reunión y le expresó su fastidio. Le explicó que no sabía qué era lo que le pasaba, que él la quería mucho pero que la “gerenta” ya sabía y no estaba para nada contenta con todo eso. “Te va a terminar echando, vos te la buscás”.

Laura se decidió y, con el mayor de los respetos y tomando coraje, fue a hablar nuevamente con aquella mujer que le preguntara por su atuendo. Esta vez era verdad, la “gerenta” estaba enojada y mucho. “Toda la compañía me viene a comentar que estás con Javier. Vos, ¿no sos casada? Él es casado, tiene hijos, yo conozco a la mujer. ¿Qué diría tu marido si supiera que Javier te lleva a tu casa después del trabajo? No podés seguir así. Vos tenés que tener una imagen. tenés que ser como la jefa de Comercio Exterior por ejemplo, una mujer de familia… Ahora sí que no me vas a pedir que te crea lo del beso, ¿no?”.

¿Serviría de algo que Laura le explicase que su marido sabía que Javier la llevaba a su casa de pasada para la de él? ¿O que sabía que era casado, que ella también era casada y no pensaba dejar de serlo; que lo del beso de aquel hombre había sucedido y hasta él lo había reconocido? No, supo que no. Y también supo que todos los capuccinos que Mario iba a tomar a esa oficina debían estar impregnados de su nombre, de sus movimientos, de ficciones, de mentiras y de falsos argumentos. “Toda la compañía”. “Toda la compañía que vos tenés”.

No se lo quiso contar a Javier. Había sido demasiado para ella como para ponerlo en vergüenza a él. Sólo dejó los almuerzos con los jefes, las vueltas a casa en auto y las charlas. No las dejó porque decidió dejarlas, sino porque le advirtieron que la iban a controlar. Y así lo hicieron. Hasta la “gerenta” dejó su oficina para ir “de visita” a la oficina de Laura. Tiempo después Javier, minimizando la situación, le comentó que también habían hablado con él para consultarle si tenía una relación con ella y pedirle que dejaran de tener contacto.

El acosador promedio, un hombre (61% de la casuística), elige como víctima principalmente a mujeres (58%), aunque tampoco deja a los hombres de lado (42%). Mientras que ellas (39%) se enfocan más en las mujeres (75%) que en los hombres (24,5%).

– La Nación

Ya no podía ocultar nada de lo que le pasaba y todas las situaciones terminaban en un llanto desconsolado por el que debía correr al baño o estar a solas por unos momentos. Los gritos, los escándalos dignos de un show televisivo, los chismes baratos de pasillo y la poca integridad de muchos de sus compañeros fueron un motor para que Laura se replanteara su camino y sus objetivos.

Y allí empezó nuestro espacio de terapia.

Pensamos lo positivo y lo negativo de renunciar, hablamos mucho de cada una de las situaciones y de cómo Laura se había sentido pasando por ellas. Recordamos el pasado y proyectamos un futuro. Laura puso nuevos objetivos a su vida y, un día, después de varias sesiones y de mucho dolor por tener que dejar un trabajo que le gustaba hacer y del cual se sentía orgullosa, la joven renunció sin dar mayores explicaciones.

Hasta lograr regresar a trabajar en su área de estudio, ella fue vendedora en una perfumería, ganando menos de la mitad del sueldo que tenía. Su esposo tenía un muy buen empleo y podía permitirse buscar nuevos horizontes sin la pesada carga diaria de angustia y vergüenza. Sus objetivos estaban claros, quería irse y, mientras encontrara algo mejor, trabajaría de cualquier cosa. Eso no era deshonra,  el deshonor ya lo había sentido.

Una historia sobre el trabajo de buscar trabajo

Con algunos de sus compañeros mantuvo contacto de mensajes o mails. El orgullo de mantener ciertos valores la separó de la mayoría de ellos y dejó espacio para el trato sólo con los que ella consideró que los compartían. A Javier lo vio un par de veces pero siempre se sentiría defraudada por su falta de lealtad. Entendió algunas cosas y encontró una óptica diferente: muchas veces la gente es leal a un salario y no a las personas. También es válido.

El dolor le enseñó a ser fuerte y poco a poco recuperó la fe en sí misma y en los demás. Consiguió un nuevo empleo y consiguió nuevos sueños. Hoy está a punto de cumplir uno, va a conocer New York.

Los sueños se hacen más grandes cuando uno se hace más grande.

Publicidad

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here