fracasar en terapia psicológica

Escribo este artículo movilizado por lo que interpreto como fracasar en terapia psicológica en lo que llevo de mi práctica clínica. Estas ideas surgen de la experiencia que voy acumulando y de ideas compartidas por otros colegas que, por supuesto, también han ido transitando sus propios fracasos.

Lo primero y más importante que huelga decir es que la terapia es una cosa de a dos. Este proceso se da en el marco de un tipo de relación muy particular que es el de la alianza terapéutica. Con lo cual, entiendo que los fracasos en psicoterapia deben comprenderse en una lógica circular o bidireccional, más que en una lógica lineal como estamos bien acostumbrados. Con esto quiero decir que la culpa o la responsabilidad del fracaso tiene causas en los dos componentes de la relación: el paciente y su psicólogo terapeuta.

¿Cuándo hablamos de fracaso en una terapia psicológica?

A los fines de este artículo voy a tomar como sinónimo de fracaso el abandono terapéutico. Sin embargo, es claro que el abandono es sólo una de las formas de este fenómeno.

Gavino y Godoy, 1993 definieron el abandono como “una interrupción del tratamiento antes de alcanzar los objetivos terapéuticos propuestos”.

Existen muchas maneras de que la terapia no resulte, no todas ellas implican que el paciente deje de asistir a sus sesiones. De cualquier forma, podría considerarse el abandono como la expresión más clara de que las cosas en la terapia no están funcionando como deberían.

Entonces, ¿cómo fracasar en terapia psicológica?

  1. Falta de motivación para cambiar

Todo acerca del cambio

Una de las primeras cosas que tenemos que hacer los psicólogos es hacer un diagnóstico del proceso de cambio de la persona. Hay quienes llegan a consulta muy motivados y, de hecho, ya han hecho intentos de solución al problema que los aqueja. Hay otros que, en cambio, vienen con mayores dudas sobre la necesidad de hacer un cambio y entonces la motivación para aceptar las indicaciones del terapeuta es muy baja. También hay quienes vienen “mandados”: por el juez, la esposa, el jefe, los amigos o un compañero de trabajo. Muchos de ellos no perciben tener un problema y tienen cero motivaciones para la terapia.

Cuando alguien llega con poca o nula intención de cambio, el terapeuta no puede hacer magia. Y aunque existen algunas maniobras para aumentar la adherencia al tratamiento, a veces es muy difícil crearla de la nada.

  1. Asistencia irregular a las sesiones

La terapia es un proceso que se da en el tiempo. Y para que los nuevos aprendizajes que se adquieren tengan algún efecto es necesario que exista cierta constancia en el tratamiento. Sobre todo, cuando los problemas son crónicos, la persistencia es una condición ineludible.

  1. No esforzarse en cambiar

Al igual que en el primer punto, la motivación para el cambio resulta elemental para que la terapia salga adelante. Una persona que no pone de su esfuerzo en provocar el cambio, se dirige claramente al fracaso terapéutico.

  1. No tener objetivos realistas

Si yo voy al cirujano y le pido que me implante alas porque quiero volar, probablemente le dé un ataque de risa o algo. Hay personas que llegan a terapia pretendiendo cambios muy profundos en su forma de ser o de actuar. Llevan toda una vida comportándose de cierta manera y se impacientan mucho cuando los cambios son muy lentos. No siempre es posible que en unas pocas sesiones se modifiquen patrones de comportamiento muy enquistados. A la terapia psicológica hay que darle tiempo, a riesgo de un fracaso inexorable.

  1. Pretender que el terapeuta es quien debe provocar el cambio

Otra manera de provocar el fracaso terapéutico es poniendo todas las expectativas en el especialista y ninguna en la propia persona. “Es el psicólogo el que me tiene que curar, para eso le pago. Él verá cómo lo hace. Yo simplemente tengo que esperar tranquilo a que la cura me llegue”.

Con una actitud tan pasiva frente a la terapia, el cambio difícilmente, por no decir nunca, llegará. Es necesario que el paciente ponga sus mejores recursos para provocar eso que tanto desea. El psicólogo no puede más que motivar y facilitar los procesos, pero quien debe llevarlos adelante es la propia persona.

  1. Creer que el cambio no es posible

Si voy a intentar cambiar pensando en que nada va a cambiar, entonces nada va a suceder. Hay gente que viene a consulta pretendiendo modificar ciertos aspectos de su vida y, a su vez, sostienen rígidamente la idea de que el cambio no es posible.

Ya dije que los psicólogos no hacemos magia, ¿no?

  1. El beneficio del no cambio

Cuando aparecen síntomas en una persona, en una familia o en una institución, es sinónimo de que las cosas no están bien. Esas son señales de que algo debe ser modificado para que la situación funcione correctamente. Sin embargo, así como pretendemos que haya una mejoría, también saboteamos los movimientos que se van provocando en terapia para que el síntoma desaparezca y deje de ser necesario.

De alguna manera, las personas sentimos que cuando las cosas no andan bien es necesario que se modifiquen. Pero, al mismo tiempo, no queremos que tal cambio se produzca, porque el estado actual también nos genera un beneficio. Por ejemplo, tener un hijo “hiperactivo” puede resolver varios problemas para diferentes personas. Al niño le resuelve el tema de que los padres le presten atención. A los padres les viene bien tener a quien responsabilizar del malestar que reina en la casa. Y a la maestra también le sirve a quien culpar de su impericia para dar clases.

Teniendo un problema que nos resuelve tantas situaciones, ¿para qué querríamos cambiar? A veces es preferible tener un hijo “hiperactivo” a tener que jugar más con nuestros hijos o volver a pensar en nuestra técnica de enseñanza.

  1. No seguir las pautas del psicólogo

Otra cosa que sucede con frecuencia es que las personas vienen a consulta a pedir un “consejo” y, algunas veces, se encuentran con alguna serie de indicaciones que deben seguir para que el malestar se alivie. Aunque las prescripciones no son muy populares en el mundo de los psicólogos, ya que el trabajo debe llevarlo adelante el consultante. Existen sugerencia que tienen un mayor impacto y es bueno que se sigan.

  1. Falta de conciencia de enfermedad

Para que alguien quiera cambiar, es necesario que perciba la necesidad de ese movimiento. Por lo que, aquel que llega a consulta sin un problema, sin una queja o un motivo de consulta, puede que esté perdiendo el tiempo. La terapia psicológica fracasa porque no puede generar soluciones para problemas inexistentes.

En todo caso, la tarea del psicólogo y del paciente será, en primer lugar, problematizar o cuestionar los diversos aspectos de la vida, para que la terapia halle su curso.

  1. Mala relación psicólogo-paciente

Cómo se dice: ¿paciente o cliente?

Al comenzar este artículo hablaba que el proceso psicoterapéutico se daba en el contexto de una relación muy particular. La alianza terapéutica o la transferencia – como la llaman algunos colegas – es ese tipo de lazo que se establece entre el consultante y el profesional. Un terapeuta debe dedicar sus mayores esfuerzos a que esto se produzca, ya que es una condición necesaria para la adherencia al tratamiento.

  1. Un psicólogo mal entrenado

Existen diversidad de factores que se ubican del lado del profesional y que también conducen al fracaso en terapia psicológica. La falta de entrenamiento es una de gran importancia. Un psicólogo inexperto puede tener muchos conocimientos teóricos, pero poca idea de cómo ponerlos en práctica. A medida que se va acumulando experiencia esta dificultad debería ir corrigiéndose. Sobre todo, cuando el profesional trabaja con un mismo tipo de problemática. De esa forma puede ir perfeccionándose en el campo.

  1. Mucha teoría, poca maniobra

Diferentes tipos de teorías psicológicas

Otros profesionales son muy buenos para aprender, para desarrollar teorías y demás. Y, sin embargo, ser muy poco hábiles para instrumentar esos conocimientos. En el caso anterior lo referimos al asunto de la falta de experiencia. En otros casos, puede ser las características propias del profesional en cuestión.

  1. No saber trabajar la resistencia o la reactancia

Los consultantes tienen diversos niveles de adherencia al tratamiento y así también varían en su manera de recibir las indicaciones del terapeuta. Hay quienes desean realizar el tratamiento, pero no ven con buenos ojos que se les dé indicaciones. Esto puede ser percibido con el terapeuta como un paciente resistente o con alta reactancia.

Para esos casos hay que optar por otra modalidad de intervenciones como las paradojas o los desafíos, para que el paciente no tenga la percepción de que se le está diciendo qué hacer.

Otras personas, más dóciles, se sienten inseguras frente a los desafíos o desconfían de los resultados que puedan tener las paradojas. En ellos se dan mejor las intervenciones directas.

De cualquier manera, si el psicólogo no es hábil para maniobrar con el nivel de reactancia o resistencia, también puede conducir la terapia al fracaso.

 

¿Vos has fracasado en terapia? ¿Cuál fue el motivo? Dejame tu comentario

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